¿CUANTO HA CAMBIADO EL DERECHO?… (I)

«En este libro formado para servicio de Dios y bien común de las gentes, y dividido en siete partes según queda expuesto, se subdividen éstas en títulos que son la suma de las razones contenidas en él, y llamadas Leyes; de las quáles unas pertenecen a la creencia de Jesu-Christo, y otras al gobierno de las gentes. (…)

(…) Deben ser las leyes perfectas, hechas con mucho cuidado, y revisadas de modo que sean razonables, y sobre cosas naturalmente posibles. Sus palabras han de ser buenas, llanas y manifiestas, de modo que todo hombre las pueda entender y retener; y no contrarias unas a otras, ni expuestas a tergiversación, para que de ellas no pueda deducirse razón torcida y mala inteligencia, ni mostrarse la mentira por verdad, ni ésta por aquella.

El derecho establecido en ellas ha de ser muy selecto antes de publicarse: y hechas así, serán útiles al servicio de Dios, al honor de sus autores, y al bien de los juzgados por ellas. El que las forme no ha de estar impedido ni preocupado por otra cosa: y debe establecerlas con el consejo de hombres sabios, entendidos, leales y sin codicia, que como tales sepan conocer lo conveniente al derecho, justicia y bien común.»

LAS PARTIDAS, DE ALFOSO X EL SABIO

CUANDO LA DEONTOLOGÍA SE VA HACIEDO INVISIBLE…

Son muchos los aspectos que nos pueden ocupar al tratar la quimérica dimensión de la Deontología Jurídica, sobre todo porque la Deontología puede ser una gran verdad o una gran mentira, muchas normas o ninguna, una necesidad o una realidad, una imposición o una convicción. Y en todo ello emerge un panorama turbado por incesantes normas que tratan de ordenar elementos del “yo” profundo, y que mucho tienen que ver con la cuna de cada cual, con la vocación íntima, y con la formación responsable personal y profesional.

Hay que resaltar la preocupación nacional e internacional por regular el comportamiento ético y deontológico de los profesionales del Derecho. Se mencionan la honradez, la probidad, la rectitud, la lealtad, la diligencia, la veracidad, la independencia, el secreto profesional, las incompatibilidades, la función social, la integridad… Todo ello se exhibe y expone en los códigos y estatutos de mil formas, y, en cambio, no se despeja esa sensación de vacío, de bandera que ondea desde siempre jalonada por mil fotos e infinitos desplantes. Son necesarias las normas, pero mucho más importante es su exigencia, su conocimiento convencido, su aplicación y la valoración de aquel que las atiende.

Uno contempla con ánimo romántico estas propuestas desde un despacho mientras espera que un compañero le devuelva una llamada, mientras se recupera de una contestación despectiva, mientras se desespera por las tácticas dilatorias de un letrado defensor de un insolvente, mientras asiste abochornado a una vista donde el letrado contrario exhibe comunicaciones profesionales sin el más mínimo pudor… ciertamente, mientras ejerce la profesión, y contempla triste la Deontología como una bandera de los débiles, o como un refugio de teóricos o “quijotes solitarios”.

Cierto es que programas de formación universitaria y profesional comprenden e incluyen el contenido ético y deontológico, pero serán letras en un papel si no encuentran la continuidad de la necesaria sensibilización y labor de concienciación para reforzar la posición del colectivo y el aislamiento del incumplidor. Y, definitivamente, aquí aparece el protagonismo de los Colegios de Abogados, cuyo lustre e “ilustre” debe comenzar por esta gloriosa y compleja labor de exigir, convencer, formar conciencias, orientar formas y conductas, eliminar tachas y acciones impropias de una profesión que se ocupa de aspectos trascendentes de la sociedad y que se localiza directamente en el auge y defensa de derechos y libertades inherentes a la condición humana. Eso debe ser lo ilustre de un Colegio de Abogados…

Bien es verdad que la Deontología y los valores que no se traigan “de casa” se impondrán e interiorizarán con mucha más dificultad, pero todos somos responsables de implicarnos en la tarea.

Que la pasividad no es deontológica ni ética…

Ángel Luis Gómez Díaz, socio director de la firma ÁREA, ABOGADOS Y ASESORES

EL QUE CALLA OTORGA

 Quizá os estéis preguntando por qué el nombre de este artículo: pues bien, con él quiero hacer referencia a todas aquellas veces que hacemos una solicitud o preguntamos algo, y lo único que obtenemos es silencio; y nosotros, los interesados en que sea una respuesta afirmativa o que se nos de la razón del hecho controvertido, entendemos que el silencio es afirmativo, y utilizamos el refrán » el que calla otorga

Y os volveréis a preguntar qué tiene que ver o qué relación tiene este refrán en el mundo jurídico. Es aquí, queridos lectores, cuando en mi pequeña pero creciente formación jurídica, os digo que la vida cotidianda y el derecho no van separados sino que muchas veces van cogidos de la mano.

En la rama del Derecho Administrativo, si acudimos a la «Ley 30/1992, 26 de diciembre de la Ley de Régimen de las Administraciones Publicas y del Procedimiento Admisitrativo Común», en su artículado se expresa que cuando los ciudadanos iniciemos una solicitud – por ejemplo, la peticion de una beca -, nos convertimos en interesados en el procedimiento administrativo y la administración pública competente para resolver nuestra petición, tiene la obligación de resolver de manera expresa en todos los procedimientos, así como el deber de notificar en plazo.

Establece la mencionada ley que el plazo máximo por el que ha de resolverse nuestra petición será el establecido en la normativa reguladora del correspondiente procedimiento. Como regla general, si la citada norma no indica nada, el plazo será de tres meses; y, en cualquier caso, este plazo nunca podrá exceder de seis meses, salvo que así lo establezca una norma con rango de ley o lo prevea normativa europea comunitaria.

Volviendo al refrán » el que calla otorga», y su relación con el derecho administrativo, si la administración no resuelve en los plazos antes mencionados se produce el acto presunto: lo que se denomina en derecho el «Silencio Administrativo»; como norma general, la ley marca que el silencio administrativo tendrá efectos positivos. Es decir, aún sin resolver de manera expresa nuestra solicitud como condición de interesados, la administración accede a nuestra petición. Por tanto, el silencio se convierte en una afirmación a lo que nosotros hemos solicitado.

Pero no todas las solicitudes tendrán carácter de sllencio administrativo positivo. Para cuando los efectos del silencio sean negativos, la administración ha configurado un mecánismo para que el interesado en el procedimiento pueda reaccionar contra la desestimación de la pretención formulada, y nos otorga el derecho de interponer recursos administrativos o contenciosos- administrativos.

Como anteriormente os he comentado, la administración ha de resolver de forma expresa las peticiones formuladas por los interesados, haya finalizado o no el plazo de resolver; de esta manera, si por la norma reglamentaria de nuestra solicitud los efectos del silencio son positivos, la administración, cuando resuelva de forma expresa, tendrá que acceder a nuestra petición, de manera que el acto presunto se convierta en irrevocable. En los supuestos que el silencio sea negativo, la administración, cuando resuelva de forma expresa, no quedará vinculada al efecto del silencio, sino que podrá concedernos o no  nuestra solicitud.

En relación a la concesión de nuestra petición mediante el silencio administrativo positivo, seguramente os surga el interrogante de cómo acreditarla, sin una respuesta afirmativa por parte de la administración. En este sentido he de decir que la Ley establece que la existencia del acto prresunto pueda acreditarse » por cualquier medio de prueba admitido en Derecho, incluido el certificado acreditativo del silencio producido que pudiera solicitarse del órgano competente para resolver».

Distinta regulación, no hay que confundir, tienen los procedimientos iniciados de oficio por la administración – por ejemplo, la interposición de una multa de tráfico -. En aquellos actos administrativos que sean favorables para el interesado,  pasado el plazo establecido para resolver por la administración de forma expresa, la resolución presunta tendrá efectos de silencio administrativo negativo. Y en los actos que impliquen un gravamen para los ciudadanos – por ejemplo, la multa de trafico antes indicada – , pasado el plazo para resolver de forma expresa, se producira la caducidad del procedimiento, y se procedera ha archivar el mismo.

En conclusión, la ley impone a la Administración el deber de resolver de forma expresa nuestras solicitudes, pero también le concede la posibilidad de resolver de forma presunta con efectos negativos o positivos, siendo la regla general que las solicitudes iniciadas por los interesados en el procedimiento responden al refrán » el que calla otorga», teniendo los efectos del silencio sentido afirmativo, y concediéndonos,  por tanto, nuestra solicitud.


Stefanie Burgueño Suárez

Departamento Jurídico de la Firma ÁREA ABOGADOS Y ASESORES.

CLARO, CONCISO, CONCRETO

A menudo los hijos se nos parecen,
y así nos dan la primera satisfacción;
ésos que se menean con nuestros gestos,
echando mano a cuanto hay a su alrededor.

Esos locos bajitos que se incorporan
con los ojos abiertos de par en par,
sin respeto al horario ni a las costumbres
y a los que, por su bien, (dicen) que hay que domesticar.

Enhorabuena, Alfonso y Tere. Un beso enorme de ÁREA.

YO CONCILIO, TÚ CONCILIAS, ÉL CONCILIA/ELLA CONCILIA…

Soy de la generación de las conjugaciones. Primera conjugación, presente de indicativo del verbo conciliar: yo concilio, tú concilias… pero ¿afirmativa, negativa o interrogativa?. Lo cierto es que yo sí quiero (afirmación no sacada de contexto); pero a veces dudo: ¿Es real esa conciliación que en ocasiones decimos que llevamos a cabo? ¿Es real esa no conciliación que en otras ocasiones decimos que sufrimos?.

El artículo 14 de nuestra Carta Magna proclama el derecho a la igualdad y a la no discriminación por razón de sexo. Así lo recuerda la Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres; principio jurídico reconocido en diversos contextos internacionales, de facto no respetado – aun en el siglo XXI – en demasiados (uno sólo siempre serán demasiados) países.

La referida ley, como su propia exposición de motivos indica, incorpora al ordenamiento español dos directivas europeas en materia de igualdad de trato: la 2002/73/CE, de reforma de la 76/207/CEE, relativa a la aplicación del principio de igualdad de trato entre hombres y mujeres en lo que se refiere al acceso al empleo, a la formación y a la promoción profesionales y a las condiciones de trabajo; y la directiva 2004/113/CE, sobre aplicación del principio de igualdad de trato entre hombres y mujeres en el acceso a bienes y servicios y su suministro.

 El hecho de que todavía hoy se trate de este tema y la respuesta sea defensiva  (al margen, totalmente, de la violencia de género, que tiene su propio capítulo que nada tiene que ver con este artículo); así como el de que tengamos que seguir plasmando por escrito que efectivamente es un principio fundamental que se ha de respetar, debiera hacernos pensar que algo estamos haciendo mal. Porque en la tele siguen apareciendo anuncios en los que abuela, madre e hija han aprendido, de generación en generación, cuál es el mejor detergente a echar en la lavadora. Quizá los hombres no vienen programados para ponerla … O – también reflejado en algún anuncio, ¿axioma? –  las madres hacen tareas mil antes de irse a acostar, mientras los padres ven el partido de fútbol y se van a acostar, y punto.

 Conozco a mujeres encomiables, muchas de ellas también madres, que pueden con eso y con más, que por la mañana están perfectas y por la noche siguen perfectas, y al día siguiente vuelta a empezar. Así son felices, y así quieren vivir.

Pero este artículo es para aquellas otras que viven ese diario como una pesada mochila que cada día se llena con una piedra más, y otra, y otra; y/o se sienten incomprendidas por su entorno; y/o se amparan en otras mujeres que se sienten como ellas. Si distinguimos la carga que nos viene impuesta por las circunstancias de la que nos imponemos nosotros, un cambio próximo es posible.

Por nosotras. Por nosotros. Por nuestras hijas. Por nuestros hijos. O por nuestras sobrinas. O por nuestros sobrinos. Pero quizá este cambio sí merezca la pena, y a lo mejor hoy es el día para planteárselo.

Hoy puede ser un gran día…

Yolanda Aparicio Fernández

Asesora Jurídica. Gestión Interna y Recursos Humanos de la Firma ÁREA, ABOGADOS Y ASESORES.

LOS DERECHOS DE LOS CONSUMIDORES

El pasado 15 de Marzo se celebró el día Mundial del Consumidor. Los derechos que la Ley nos atribuye como consumidores son irrenunciables, considerándose nula la renuncia, y nulos todos los actos realizados en fraude de ley. Saber cúales son los derechos como consumidores, y cuando opera esta irrenunciabilidad, pasa por delimitar un ámbito de aplicación en teoría evidente, pero que en la práctica resulta más complejo.

 El Real Decreto Legislativo, 1/2007, de 16 de noviembre, por el que se aprueba el Texto Refundido de la Ley General para la Defensa de los Consumidores y Usuarios y otras leyes complementarias, se perfila como la normativa básica, que junto con un amplísimo conjunto de normas estatales y autonómicas , protegen a los consumidores y usuarios en la adquisición de bienes y servicios y le otorgan ciertos derechos y obligaciones.

 Esta normativa, circunscribe la aplicación de sus preceptos a las relaciones entre consumidores y usuarios y empresarios. Por tanto, no se consideran consumidores aquellos que adquieren bienes y servicios para incorporarlos a un proceso productivo o a una actividad comercial, sino los que lo hacen como consumidores o usuarios finales del bien. Un ejemplo: Una clínica dental que adquiere aparatos de climatización para sus instalaciones no podría aplicar el régimen de garantías regulado en el Real Decreto Legislativo 1/2007, y sus derechos y obligaciones que emanen de su relación con la empresa contratada a tal efecto se regularán por las normas generales civiles y mercantiles.

 La definición de consumidor y usuario, viene dada en la norma. En su artículo 3 se dice que “A efectos de esta norma, y sin perjuicio de lo dispuesto expresamente en sus libros tercero y cuarto, son consumidores o usuarios las personas físicas o jurídicas que actúan en un ámbito ajeno a una actividad empresarial o profesional”; y continúa definiendo a los empresarios, proveedores y productores en sus artículos siguientes.

Dentro de esta definición, resulta especialmente difícil delimitar, cuando una persona jurídica puede ser un consumidor o usuario final. Puede entenderse que se refiera a entidades sin ánimo de lucro, pero resulta realmente difícil pensar en una S.L. o una S.A. y que, de alguna manera, no quede incluido en su proceso productivo. Solamente serían consumidores si concurren los mismos requisitos que para el consumidor persona física, es decir personas jurídicas que sin finalidad de lucro transmiten a título gratuito a a precio de coste los bienes y servicios adquiridos.

 Otro problema que se presenta en este ámbito, y que la experiencia en las Juntas Arbitrales de Consumo nos desvela, es cuando el bien o el servicio es adquirido por un empresario individual, porque en gran parte de sus adquisiciones resulta casi imposible distinguir si se adquiere a título personal o empresarial; ya que, por definición, su responsabilidad frente a acreedores vincula todos sus bienes, presentes y futuros sin distinguir si esa responsabilidad deviene de su actividad en el ámbito de su negocio o de su vida personal. Piénsese en una contratación de una línea telefónica, lo normal es que la misma la utilice para hablar con clientes y con amigos.

 El Instituto Nacional de Consumo, en una consulta de su publicación anual de Interpretaciones Normativas Comunes en el Ámbito de Consumo, delimita el Concepto de la siguiente manera:

1º) El consumidor o usuario puede serlo un persona física o jurídica.

2º) El consumidor o usuario no es únicamente quien contrata con el profesional o empresario la adquisición del bien o la prestación del servicio, sino también el que consume, utiliza o disfruta de bienes o servicios, es decir el “consumidor en sentido material”.

3º) Es necesario que una de las partes de la relación jurídica sea un empresario o profesional actuando en el ámbito de su actividad propia. Por lo tanto, las relaciones entre no profesionales están al margen del Derecho de consumo.

4º) Resulta indiferente que el empresario o profesional proveedor del producto o prestador del servicio sea de naturaleza privada o pública, de manera que la prestación pública de servicios está sometida también a las normas reguladoras del Derecho de consumo.

5º) Por último, el criterio esencial para definir la figura del consumidor es la finalidad de la adquisición del bien o de la utilización del servicio ajena al ámbito profesional, en la relación de consumo que se establece con el empresario o profesional. “

 Pese a que en algunos supuestos estas conclusiones pueden ser esclarecedoras, es cierto que no soluciona de manera tajante el problema de delimitar el ámbito de aplicación subjetivo del Derecho del Consumo.

 Almudena López Muñoz

Departamento Jurídico de la Firma ÁREA, ABOGADOS Y ASESORES

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ALGO DE HISTORIA

Había aprovechado nuestras vacaciones para ir a recoger las cosas de la casa de mis abuelos en la costa asturiana, la había recibido en herencia, siempre me había encantado esa casa criolla, sus techos altos, su construcción colonial, su amplio jardín donde tantas veces corrí y jugué con mis hermanos, sus vistas al mar…a los acantilados.

Ahora me daba cuenta, aunque aún no sabía cuanto, que desconocía mis orígenes, la historia de mis antepasados, mi conocimiento se remontaba sólo a mis tatarabuelos por linea paterna, de los que sabía que habían estado en América, en México, donde al parecer habían hecho fortuna como otros muchos de estas tierras que se vieron obligados a emigrar, y sabía que a través de un intermediario habían mandado construir esta casa…donde nunca llegaron a vivir.

Los primeros moradores de esta casa que hoy ocupamos fueron mi abuelo y sus hermanos, que llegaron a España muy pequeños acompañados de su ama de cría, un escueto personal de servicio que venía con ellos, y un gran baúl, con la promesa de que sus padres, mis tatarabuelos, les seguirían en breve, aunque por lo poco que sé nunca llegaron.

Recuerdo que muchas tardes de verano en el jardín de esta casa, mi abuelo ya muy mayor al que en estas tierras llamaban El Indiano, nos contaba historias sobre los orígenes de nuestra familia, de guerras entre tribus, de nobles y sacerdotes, de dioses que ignorábamos que existieran, de venganzas, de muerte, de enfermedades, de grandes y azarosos viajes…yo lo achacaba a la edad y aunque le escuchaba con la curiosidad ávida de un niño de mi edad, pensaba que eran los desvaríos de un anciano…¡que equivocado estaba!.

Hoy he llegado a esta casa con mi familia, decididos a cambiar de vida, a convertirla en nuestro hogar. Al abrir las puertas me he dado cuenta de todo el trabajo que queda por hacer…habrá que retirar todos los muebles existentes, algunos tan antiguos que ya están carcomidos, los cuadros,…prácticamente todo, es necesario para poder hacer reformas y adecuar la casa a nuestras necesidades, sin que por ello pierda la esencia que desprende.

Entonces he recordado el desván, se encuentra encima de la segunda planta, hay una escalera plegable que lleva a él, aunque nunca en mi infancia y adolescencia nos dejaron subir…no sé porque.

Cuando he entrado en el desván, olía a humedad, a cerrado, he abierto las dos ventanas de madera que dan al exterior. He encontrado cuadros antiguos seguro que relativos a nuestros antepasados, aunque hay dos especialmente que me han sorprendido, representan a sendas mujeres que parecen indias pero vestidas a la española…¿quienes eran?. He dejado los cuadros a un lado, he visto nuestras antiguas bicicletas de verano, un montón de libros y muebles antiguos y …un gran baúl. Con una sonrisa me pregunto si será este el baúl al que tantas veces se refería mi abuelo en sus «desvaríos»…

El baúl está cerrado pero en una estantería del desván, en una pequeña cajita de marmolina o arenisca he encontrado unas llaves antiguas, pruebo y…¡eureka!.

Dentro hay algunos vestidos que en otro tiempo debieron ser muy bellos y valiosos, un pequeño pistolón oxidado, libros de cuentas y facturas muy antiguas, también encuentro un hatillo de piel, atado y untado de… ¿grasa?, al desatarlo ha caido del interior un rollo de lo que parecen papeles también atados con una tira fuerte de no sé que material.

Ahora estoy seguro, lo que tengo en mis manos no es papel, más parece corteza de árbol, lo desenrollo con cuidado, y ante mí aparecen un montón de palabras escritas con algún tipo de tinta que desconozco, pero realmente parece antiquísimo.

Hay muchas páginas, por lo que busco un sitio donde acomodarme, y encuentro el antiguo sillón de mi abuelo, su trono lo llamábamos nosotros, lo coloco junto a una de las ventanas, por buscar la luz, y me dispongo a leer:

«Año de nuestro señor de 1536, Edad de la Luna 21 días, Luna Nueva.

Mi nombre es Juan Sánchez de Arévalo, Teniente del Gobernador Hernán Cortés, Capitán General de la Nueva España y de estas tierras.

O al menos lo fui, llegué a estas tierras acompañando a Cortés en el año de nuestro señor de 1504, lo había conocido en Salamanca, cuando ambos estudiábamos leyes, ¡cuanto tiempo ha pasado ya de aquello!.

Todos en aquellos años soñábamos con viajar a estas tierras, conquistarlas, descubrir otros paraisos, como antes había hecho Colón y los que le siguieron.

Le fue fácil convencerme para enrolarme en esta aventura, los dos eramos jóvenes e hijos de hidalgos, no pasábamos hambre pero estábamos locos por vivir las historias que otros contaban.

Cuando llegamos a estas tierras, después de un viaje infame, nos dirijimos a la Isla de Cuba, y participamos en la expedición que Diego de Velázquez, mal demonio le lleve, inició en el año de 1511 para conquistar la Isla.

Después de la conquista de Cuba todo eran parabienes, Cortés fue nombrado Capitán y quien os escribe Teniente, pero las relaciones entre Cortés y Diego de Velázquez se fueron poniendo mal, en parte por la ambición y las ansias de gloria del primero, y en parte por los celos y temores del segundo.

Así en el año de 1518, Cortés, que había ido tomando fueza entre los hombres que le obedecían y le reconocían como el verdadero lider de la expedición, sobre todo por su valor y dotes de mando en las escaramuzas que habíamos cruzado esos años con los indígenas, me llamó para plantearme una nueva expedición que iba a iniciar en unos meses hacia la costa que aquí llamaban del Yucatán, me insistió en que debía guardar el más riguroso secreto porque dichas tierras, aún no descubiertas, estaban preñadas de oro, especias, y otros objetos de valor, por ello insistía que sólo quería con él a gente de confianza.

El 18 de noviembre de 1518 partimos desde Santiago de Cuba para la conquista de la Costa del Yucatán, la expedición la formaban 504 infantes, 25 caballeros, 205 indios de Cuba, 11 naves, y las dotaciones y pertrechos pertinentes. Salimos de noche por temor a las represalias de Diego de Velázquez, quien advertido de la expedición estaba dispuesto a impedirla como fuere.

Tardamos varias jornadas en alejarnos de Cuba y poner rumbo al Yucatán, cuando ya avistábamos tierra, se inicio una brutal tormenta, tan frecuentes en estas tierras, que hizo que los navios y quienes los ocupábamos no supiéramos ya a que Dios encomendarnos, si a Dios nuestro señor o al Dios de los Infiernos que es donde parece que nos dirigíamos.

Durante la tormenta las naves que formábamos la expedición nos perdimos de vista, incluso desde nuestra posición vimos como algunas de ellas eran tragadas por el Mar Caribe sin que pudieramos hacer nada por rescatar a cristianos o bestias…luchábamos por salvar nuestra propia vida.

La nave en que yo viajaba, «La Santa María de la Barca», no corrió mejor suerte, tanto los infantes, como los jinetes, caballos, indios, y personal de borda que en ella íbamos, tuvimos que ver como se rompía el palo mayor por la base cayendo sobre la borda, matando o mutilando a todos los que agarró debajo.

En lo que tarda en decirse Amén, el navio crujió por la popa partiéndose en dos, caímos al mar. En medio de la confusión me agarré a un madero de la cubierta que se había soltado, clavando en él mis uñas porque sabía que en ello iba mi vida.

Ojala nunca tengáis que saber lo que es pasar una noche en el mar, a merced de las corrientes…y sólo. Durante las primeras horas oía voces y me dirigía hacia ellas nadando sin encontrarlas, con el paso del tiempo dejaron de oirse,…sólo el mar ya en calma, la soledad.

No sé ni cuantas horas, o si fueron días, lo que estuve a la deriva, cuando desperté el madero en que flotaba estaba aproado contra la arena blanca de una playa…estaba en tierra…y estaba vivo.

Como pude me incorporé, y miré alrededor hacia el mar, no se veían más supervivientes, sólo algunos restos del naufragio, ¿qué había pasado con mis compañeros? ¿qué había pasado con el resto de la expedición?…

Cuando me aseguré que no había nadie en el mar, me giré hacia el interior, estaba en una pequeña cala de arena blanca rodeada de un acantilado impresionante, que más parecía una muralla inexpugnable…

Volví a mirar al mar, y pude observar que había un arrecife de coral que iba rodeando toda la tierra que se podía ver desde allí, este arrecife parecía también otra muralla natural, que desde luego impediría acercarse a la playa en que me encontraba a cualquier embarcación.

Suspiré, y resignado empezé a recorrer la pequeña cala tratando de buscar una subida hacia la cumbre del acantilado, conociendo el mar sabía que si la marea empezaba a subir no tendría otro sitio donde refugiarme. Me sorprendió encontrar en una brecha del acantilado una pequeña vereda que parecía ascender hasta la cumbre, y me dispuse a subir por ella para tratar de salvar mi vida.

Estaba concentrado en la ascensión y no la ví llegar, solo la oí, cuando me di cuenta a la altura de mi hombro tenía clavada una pequeña asta, parecida a la saeta de una ballesta española pero más corta, sólo me dió tiempo a mirar hacia la cumbre y ver como un ser con plumas en la cabeza gritaba en una lengua extraña…

Desperté, y me encontré tumbado en una estera, no me eran desconocidas de mi estancia en Cuba, estaba dentro de lo que parecía un chozo hecho de palos y techado con hojas de palma. Al intentar levantarme sentí un dolor intenso en mi hombro que me hizo recordar la herida, al mirar ví que tenía colocada sobre ella algún tipo de ponzoña mal oliente, al levantarla pude observar que tenía un agujero en el hombro pero que la herida estaba seca.

Me dolía la cabeza, y sentía nauseas y mareos, pero aún así conseguí incorporarme, al salir del chozo me topé de frente con un nativo pequeño cubierto con una piel de algún tipo de animal, luego supe que era de jaguar, tenía un torso fuerte y musculado, y unas piernas pequeñas pero robustas, a casi diez pies de distancia me apuntaba con una lanza con la punta de algún tipo de piedra afilada, y gritaba, gritaba como ya había oido antes.

Me sorprendía que me temiera porque yo ni siquiera iba armado, cuando el barco se hundió perdí mi espada y mi pequeña daga toledana regalo de mi padre que siempre llevaba al cinto, y entonces comprendí… se asustaba por mi aspecto. Supongo que no estaban muy acostumbrados a ver en su poblado a hombres altos, barbudos, con una armadura de lamas metálicas, calzones y botas altas.

En lo que tarda en cantar un gallo, me ví rodeado de una nube de más nativos vestidos de la misma forma que el anterior, y con la misma fisionomía, pero lo que más llamaba mi atención es que a pesar de que me apuntaban con lanzas y con unas cañas largas, que luego descubrí que eran cervatanas, no parecían amenazantes, sino más bien asustados,…aterrados.

Con gestos me hicieron avanzar por lo que parecía su ciudad, mis ojos se sorprendieron de todo lo que veía, no eran todo chozos como donde había estado recuperándome, pasamos por calles donde había grandes casas de piedra, era una piedra oscura que no había visto antes, también había otros edificios que parecían pequeños templos, de alguno de ellos salía humo, en sus puertas y en las de las casas había más de aquellos nativos, pobladores de aquella tierra llamada Yucatán.

Todos eran pequeños de estatura, tanto los hombres como las mujeres, sin embargo lo que los diferenciaba eran sus escasas ropas, aún siendo tan escasas me atrevía a distinguir a los nobles de alto rango de los más pobres, simplemente por como iban vestidos, me sorprendí sonriendo porque en eso no eran tan distintos a nosotros.

Sin embargo, hubo algo que me llamó especialmente la atención, y era que entre los que me miraban, y en concreto entre los que yo consideraba nobles o de alto rango, los adultos tenían el craneo aplastado, aplanado, ¿qué clase de misterio había en ello?…

Fui llevado hasta el centro de la ciudad frente a lo que parecía un Castillo, allí me hicieron detenerme y esperar. Pude observar que la ciudad tendría una veintena de edificios entre templos y casas de piedra, sin contar las imnumerables chozas que estaban diseminadas por el exterior de lo que parecía una muralla que rodeaba los templos y los edificios, al levantar más la vista pude ver que había otra muralla exterior construida con la misma piedra que ya había visto antes y que tenía varias entradas pequeñas.

Al oir un gruñido, bajé la vista y ví que delante de mí había otro nativo, por su porte parecía el jefe de todos, vestía también con piel de jaguar, con un penacho de plumas de colores en la cabeza, y portaba un bastón grueso. Cuando me habló sólo me quedé con varias palabras que no entendía: Zamá, Nachán Can, y batab.

Mientras me seguía hablando, y yo sin entender ni jota, me fijé que situadas tras él había tres mujeres, eran distintas a las otras que había visto por la ciudad, tenían un porte más regio, iban tapadas en sus partes íntimas, y especialmente llamó mi atención una joven pequeña de estatura pero que me pareció bellísima, pensé que debía ser la hija del cacique de los nativos.

Intenté hacerme comprender en nuestra lengua, pero aquellas gentes no entendían nada de castellano, probablemente fuera el primer cristiano barbudo que veían, ¿que habría sido de mis compañeros? ¿habrían sobrevivido?. Por más que pregunté nadie me respondió.

Quedé encomendado a la custodia de quien parecía un sacerdote de aquellas gentes, al que respetaban como si se tratara de un Rey.

Aunque mi primera idea fue escapar y tratar de reunirme con lo que quedara de la expedición de Cortés, siempre que hubieran sobrevivido, lo cierto es que me fui acomodando a aquella gente con el paso de los días, me trataban muy bien, y llegué a comprender conforme aprendía su lengua que me veían como un enviado de sus Dioses.

Yo intentaba hacerles comprender que sólo había un Dios, que estaba en los cielos y que nos había enviado a su hijo, Jesucristo, para redimirnos, pero o no entendían o no querían entender.

Con el paso, primero de los días, y luego de los meses, aprendí a entender y a hablar su lengua, al menos para hacerme comprender. No me sentía prisionero, me respetaban aunque sabían que era un extraño, un extranjero.

Así descubrí que estaba en la ciudad Maya de Zamá, lo que en castellano significa amanecer o mañana, ahora os puedo decir que os llegará a vosotros con el nombre de Tulum o ciudad amurallada, que es como la llaman los españoles que han llegado a estas tierras.

Zamá, era como os decía antes una ciudad pequeña destinada al culto ceremonial para los Mayas, y también a la observación de las estrellas. Pero era algo más, era el primer puerto comercial del Caribe junto con la vecina Isla de Cozumel, y además era la única ciudad amurallada de los Mayas.

El jefe Maya que me dió el discurso el primer día, en realidad era el Batab o Gobernante de aquellas gentes, y su nombre era Nachán Can. Éste me acogió como un hijo, me alojó en su «palacio», y se preocupó de que conociera a fondo su cultura, la cultura Maya, sus plantas, sus animales como el jaguar o el quetzal a los que adoraban, sus creencias, sus Dioses…

Tuvimos muchas discusiones sobre el modo de entender la vida, pero sobre todo la religión, pensé que tenía razón Fray Hernán, el monje que venía en nuestra expedición, estas gentes necesitaban ser cristianizadas…¡que iluso era entonces!.

Los Mayas no tienen un Dios, tienen muchos como Chaac o Dios del Agua al que dedican numerosos templos y sacrifios, Hun Ab Ku o Dios Supremo Maya, Ak Kim o Dios del Sol o Ek Chuac o Dios del Comercio, muy importante para el pueblo Maya.

Zamá, es una ciudad portuaria, aunque en realidad no tiene un puerto propiamente dicho, comercian con toda la Península del Yucatán y con tierras aún más lejanas, aún por descubrir por los españoles. Traen alimentos, pieles, animales y minerales o piedras preciosas como el Jade que utilizan para decorarse. El comercio para una ciudad que no produce nada, salvo un poco de maiz para comer y oxidiana la piedra con la que preparan sus armas o sus herramientas, es su vida, siempre después del culto a sus Dioses y a las estrellas.

Con el tiempo descubrí que Zamá era una ciudad que nunca había sido conquistada, y al menos hasta hoy nunca lo ha sido, porque además del inmenso manglar que la rodea por tierra, sus dos murallas que la protegen, además del acantilado, está rodeada por un arrecife de coral que impide que cualquier nave o embarcación se acerque a tierra sin miedo a naufragar.

Sólo los Mayas habitantes de Zamá conocen el secreto para llegar a tierra sin chocar con el arrecife, sólo ellos saben que dicho arrecife tiene una entrada natural que coincide con el edificio que estaba justo encima del acantilado, que quien suscribe confundió el primer día entre estas gentes con un  Castillo, y que es el Templo del Dios Descendente, aunque en realidad hace las veces de faro. Los comerciantes de Zamá  navegan paralelamente al arrecife con sus embarcaciones, hasta que ven el faro de día o de noche iluminado con antorchas, y saben que ese es el punto por donde deben acceder a la playa, por un estrecho paso entre la muralla de coral.

Los mayas no se caracterizan por ser agricultores, pero me enseñaron que desde hace miles de lunas se basan en las estrellas para sembrar o recolectar su maiz, su principal sustento. Habían construido un edificio bajo las indicaciones de sus sacerdotes, tenía una puerta pequeña y en la pared contraria que daba al acantilado hacían un agujero pequeño que dejaba entrar la luz. Ese edificio es apreciable desde el centro de la plaza y ellos saben que cuando el sol entra por aquel pequeño agujero es temporada de siembra, y cuando deja de aparecer el sol saben que pueden recolectar. No son bárbaros, conocen las estaciones, aunque las interpretan de otro modo. hasta tienen su propio abecedario y calendario…¿sus Dioses?…no son mucho más inclementes que el nuestro.

En los casi dos años que llevaba allí pude demostrar mis dotes con las armas, llegué a dominar la lanza y la cervatana como el arcabuz o la espada, y ello unido a mi cercanía al Batab Nachán Can, hizo que me convirtiera en un Nacom o Jefe Militar Maya.

Aunque ya soy mayor sigo siendo un Nacom Maya, y lo seré hasta el día en que muera, he luchado por mi pueblo frente a otras tribus, incluso he intervenido en alguna escaramuza contra mis propios compatriotas para acabar con sus abusos y disloques…pero perdonad porque adelanto acontecimientos…debe ser la fiebre que corroe mis entrañas.

Como Nacom mi función consiste principalmente en vigilar la ciudad, adiestrar a los jovenes para la defensa, y evitar que entren intrusos del exterior, Zamá y sus habitantes quíeren seguir siendo una «ciudad fantasma».

Cuando llevaba junto a mi nuevo pueblo tres años, un día regresó un enviado para comerciar con la vecina Isla de Cozumel que traía noticias…nos contó que mis compatriotas habían desembarcado hacía tres años en la Isla con ocho naves intactas y una con daños…¡¡así que el viejo bastardo de Cortés lo consiguió al fin y al cabo!!…debo confesar que no sentí ningún pesar por no haber formado parte de la conquista…esa ya no era mi guerra…ya no la sentía como mía.

El enviado también nos contó, que el jefe de los barbudos no había permitido que se cometieran desmanes entre los pobladores de Cozumel, pero que a los pocos días había marchado hacia el interior de la Península con el grueso de su ejercito, y el puñado de hombres que había dejado en la Isla para mantener el orden estaban cometiendo todo tipo de desmanes…y ello a pesar de los intentos del hombre santo por evitarlos…pensé que tenía que ser Fray Hernán. En ese momento me avergonzé de mi pueblo…

Cuando quedé sólo con Nachán Can, éste con lágrimas en los ojos, me indicó que si quería marchar con mi pueblo podía hacerlo libremente, siempre que no revelara los secretos de Zamá,…decidí quedarme, mi pueblo era ya éste, los que me habían acogido, los que me habían enseñado otra vida, para ellos y para mí…yo ya era un Maya más.

No os quiero mentir, el principal motivo por el que había decidido quedarme era y es, ZAZIL HÁ, la hija de Nachán Can. Desde el primer día, me atrajo, me obsesionó por su belleza y por el encanto que desprendía, era bajita como los de su raza pero esbelta de cuerpo, con una cabellera morena lisa que le llegaba a la cintura, ojos negro aceituna que tal parecían dos luceros en la noche oscura, y su piel morena como la oxidiana con olor a coco, a mango…

Como yo sabía que también la atraía y su padre me había insinuado que para él sería un gran honor, la ceremonia de nuestro enlace se celebró en el año de nuestro señor de 1525, por el calendario Maya era el día 1.853.434 de su pueblo y la Luna era creciente, que rápido había pasado el tiempo ya llevaba siete años entre los Mayas.

En los años siguientes hemos tenido dos hijos, Vosotros, a los que dirijo esta carta escrita en el papel de nuestro pueblo corteza de árbol, Zazil tan bella como tu madre y Taabscoob mi pequeño guerrero y el orgullo de su abuelo. Os he enseñado Castellano porque esa es la lengua materna de vuestro padre, pero no olvidéis que sois Mayas, no olvidéis nunca vuestras creencias, vuestras tradiciones.

Os escribo esta carta hoy a las puertas de mi muerte porque quiero que conozcáis vuestros orígenes, los orígenes de este Nacom que en otra época fue Teniente del «Conquistador» Cortés. Aunque aún sois pequeños, debéis saber que el fin de esta civilización, tal y como la conocemos, está cerca, la falta de agua de lluvia desde hace muchas lunas está provocando que nuestra gente enferme, ello se está viendo agravado por  las desconocidas enfermedades  que están propagando por este país mis antiguos compatriotas, como la viruela.

Ah hijos míos… pienso que el fin de esta ciudad que ha sido mi casa y mi felicidad durante todos estos años está cercano. Me encuentro enfermo y débil, pero quiero que cuando leáis esta carta sepáis que os quiero, y os pido algo, acompañad a vuestra madre fuera de estos muros, a la vecina Isla de Cozumel, con la carta de recomendación que la he dado, espero que embarquéis en una nave que os lleve a España, no temáis perderéis libertad, pero mi familia de allí, vuestra familia también, os acogerá y os cuidará. Veréis por mí las tierras de Asturias, de la que tanto os he hablado, os lo ruego no tengáis temor allí seréis felices.

Ahora debo dejaros, la fiebre me nubla la vista después de tantas horas, recordad hijos míos que os quiere vuestro Padre. Que Yum Cimil, Dios de la Muerte me acoja a su lado.

Zamá en el año de 1536
Teniente del Ejercito de las Españas, Juan Sánchez de Arévalo
Nacom de la ciudad Maya de Zamá»

Cuando terminó de leer la carta aún lloraba, comprendió que se trataba de la historia de uno de sus antepasados, ahora empezaba a comprender el parecido de las imágenes de los cuadros que había encontrado con dos nativas…eran sus orígenes.

Por lo que había leido, pudo entender que la familia de su antepasado nunca llegó a España, probablemente nunca sabrá por qué, y sólo sus descendientes, tras generaciones y generaciones, no olvidaron esa primera promesa, y decidieron volver a su tierra madre. Así hasta su abuelo y sus hermanos que fueron los primeros de los descendientes de Juan Sánchez de Arévalo que llegaron a esta tierra.

Se secó las lágrimas, envolvió con cuidado el «testamento» de su antepasado, y bajó al salón de la primera planta donde se encontraba su esposa con los de la agencia de mudanzas, les dijo que dejaran todos los muebles allí…los iban a conservar, y ante la mirada de excepticismo de su mujer sólo le dijo: «Ahora no tengo tiempo voy a la agencia de viajes, luego te explico, prepara todo nos vamos a México, vamos a conocer Zamá la tierra de mis antepasados…mis orígenes».

P.D.: «LE MÁAX MA`TU P’ILIK U YICH BEILA’E’ MIX BIK’IN U P’ILIK». Refrán Popular Maya que significa: «El que no abre sus ojos hoy, nunca los abrirá

Alfonso Cintero Ramiro

Abogado. Directivo Responsable del Departamento de Letrados de la Firma ÁREA, ABOGADOS Y ASESORES.

EL CIRCUITO DE SATISFACCIÓN ¿UNA LEYENDA?

Son tiempos de análisis, reformas, teorías, estrategias, recortes, gurús, iluminados, estrellas y estrellados… Abundan las tesis sobre dónde, cómo y cuándo, hacia dónde y para qué y hasta el porqué de las empresas y los empresarios. Es época de nuevas palabras que designen nuevas experiencias o incluso viejas realidades: reinventarse, internacionalizarse, excelencia, innovación, competitividad… Y sin embargo, ante el riesgo de que reinventarse sea un eufemismo de fracaso –inaceptado, socialmente reprobado, financieramente desahuciado- o internacionalizarse un paso para emigrar, más que teorías, salidas o soluciones, expongo y propongo una leyenda, o tal vez el futuro del pasado: elcircuitodelasatisfacción. Calificarlo de teoría podría sonar pretencioso y arriesgado, llamarlo sueño o aspiración demasiado ingenuo. Cada leyenda tiene su parte de verdad, su fuente de inspiración, un origen en una historia, una trayectoria o una experiencia.

Este circunloquio proyecta un planteamiento tan evidente como complejo que se manifiesta en diversas vertientes de la faceta empresarial: el liderazgo, la gestión, la dirección, la comercialización, la estrategia, los recursos humanos y la organización en general. Así, generar y crear un marco de satisfacción en la esfera interna de la empresa -esto es, en los que forman parte de ella: socios, directivos, empleados, proveedores, etc. y protagonizan su ser y su sentido- lleva aparejado necesariamente un efecto positivo hacia quienes se acercan a su contenido, a su propuesta, y a los que apuestan por sus prestaciones: los clientes. De igual modo la satisfacción de estos últimos con la empresa y su oferta y su desempeño redundan en consolidar una corriente positiva, que nos conduce hacia el último pero no menos importante de los vértices: la propia empresa, entendida como marca, persona jurídica, concepto comercial y como el conjunto de la idea, la iniciativa y su ejecución. De modo que se aprecia un triángulo perfectamente definido: empresa-empleados (en sentido amplio e incluyendo al empresario como primer o último trabajador de su propio proyecto)-clientes. Y en este dibujo un objetivo: establecer una corriente incesante de satisfacción recíproca que vaya acelerándose de modo intenso hasta acabar por hacer girar el triángulo como rueda o como un molino de viento.

En este punto del planteamiento la clave se sitúa en identificar y definir los motivos de satisfacción, de positivismo, de felicidad pura y dura de los elementos del triángulo, es decir: lo que lleva a cada vértice a sentirse bien con su posición y su realidad. Entonces cabría también una recomendación: huyamos de las suposiciones, incluso de las teorías y asumamos que no valen libros de instrucciones cuando se trata de personas, ilusiones, expectativas, creatividad, objetivos, necesidades… Alcanza todo el sentido y la importancia una comunicación sana, honesta y fluida, en definitiva preguntar y preguntarse: ¿Cómo y qué quiero de la empresa y/o en la empresa? La respuesta en cada caso sería única y distinta pero de ellas obtendremos el marco y el motor para avanzar, crecer y gestionar, y una información de incalculable valor para abordar el destino, que no es otro que caminar como empresa.

En este contexto adquiere una singular dimensión cuestionarse aspectos tan de moda como la flexibilidad interna en las empresas, tratando de disponer una perspectiva más madura a la hora de ponderar medidas, reformas y hasta enfoques empresariales, laborales y profesionales. Y es que, en un determinado ser empresario, el más auténtico y plausible, la garantía no está en el precio del despido sino en el aporte del valor e implicación y compromiso del empleado. De este modo el despido del empleado comprometido, implicado y que aporta valor sería la última estación de un via crucis mucho más profundo y su coste mucho mayor que tantos o cuantos días de indemnización. Desde el otro lado, el empleado que consigue su desarrollo personal y profesional en la empresa se siente parte de ella hasta el punto de no plantearse cómo se baja sino cómo se sube. Todo esto que podría sonar a ingenuo buenismo, tiene conceptos bisagra que lo sostienen: compromiso, transparencia, responsabilidad, confianza y reciprocidad. Definiendo estos elementos en el origen y mimándolos continuadamente obtendremos una base mucho más sólida, armónica y flexible que la propiciada por una disposición normativa y, por supuesto, creará un eje fiable para afrontar contingencias y conflictos, que surgirán debido a estar ante una estructura viva, en evolución y constante progreso. El matiz emocional es potente, también el contenido vocacional, pero es un proceso que se entrena desde la necesaria y original identificación etiológica, en los principios y los valores.

Ante todo esto, el paso siguiente es reivindicar un sistema que regule, intervenga o castigue sólo la excepción: el empleado desconectado e irresponsable o incumplidor y el empresario despótico, egoísta y aprovechado. En definitiva, un sistema u ordenamiento que nos trate como adultos empresariales y laborales, y que no articule niñeras o institutrices institucionales u organizacionales para vigilar o adoctrinar nuestra conducta. El objetivo es retador: cambiar lo que somos; y tal vez haya que empezar por modificar lo que hacemos, aunque creo más eficaz comenzar a revisar y resetear lo que pensamos. Esto último tiene su fase embrionaria en los conceptos con su semántica y la interiorización consiguiente y por ello el camino debe jalonarse de empleados-emprendedores y de visionar y reconocer al empresario como el primer o último trabajador de la empresa, de superar la anestesia de la meritocracia pura y dura en la que andamos acomodados, de asumir que emprendedor es, en parte, un eufemismo innecesario de empresario pues no hay empresario sin emprendimiento, de no olvidar el contenido y componente vocacional de todo y pensar que el emprendimiento sea sólo una salida de emergencia, sino desarrollo vocacional del potencial y el talento particular; generar y formar líderes más allá de jefes, y optar por la dirección por encima del mandato identificando modelos válidos, accesibles y asequibles.

Y al final o al principio, como piedra angular o como losa descorrida de ese sepulcro de incertidumbres, hiper-regulaciones, doctrinas, medidas, protecciones o privilegios, beneficiados o perjudicados… algo tan sencillo como la búsqueda de la satisfacción en el marco de la empresa y con una tarea: un ejercicio de madurez colectiva, porque las respuestas están en nosotros.

 Ángel Luis Gómez Díaz

Socio Director de la Firma ÁREA, ABOGADOS Y ASESORES

CULTIVAR EL DERECHO DESDE LA PERSONA

Podría comenzar este artículo apelando a la crisis económica, al desempleo, al desorden social o a las injusticias, y es que, diariamente vivimos sometidos a estas críticas, a devastadoras noticias y a desesperanzadores augurios; sin embargo no es esto lo que quiero transmitir.

¿Qué hay del optimismo, del afán de superación o de la confianza en los seres humanos? Debemos superar esa actitud desmoralizada y desmoralizadora que impera en estos días. Esta tendencia está patente en nuestra sociedad actual y es tan o más problemática que las dificultades económicas y sociológicas actuales. Es necesario tomar conciencia de otra dimensión, que,inherente a las personas, permanece latente en épocas complicadas. Somos seres humanos y como tal “animales políticos” que se precisan y que construyen relaciones, instituciones y sistemas coherentes de organización. Es momento de colaborar, de creer, de comprender y de esforzarse. La ilusión, la cooperación y los valores humanos pueden ser la clave.

¿Por qué no afrontar lo que viene con responsabilidad? Somos tributarios de los tópicos, de juicios de valor y de reproches y reivindicaciones. Somos ciudadanos y ello conlleva derechos tales como el derecho de asociación, el derecho a la libertad de expresión, pero, ¿qué hay de otros derechos constitucionalmente reconocidos como el derecho a la participación ciudadana, o los deberes que nuestras leyes exigen?

Hay que empezar por creer en uno mismo, hay que revivir conceptos clásicos como la “justicia aristotélica”, la virtud o la moral y todo ello debe reflejarse en las leyes y, sobre todo, en la interpretación y la aplicación de éstas. Ante grandes crisis siempre han surgido corrientes humanistas y esto es preciso hoy: adaptar nuestras empresas, nuestras leyes, nuestro compromiso y nuestros ideales a la persona, al ser humano.

Soy una joven dombenitense y en estos momentos estudio Derecho y Administración de Empresas en ICADE, Madrid. Creo en la justicia, creo en los profesionales del Derecho, en un modelo de empresa sostenible, en el capital humano, en la formación, en el compromiso con la sociedad…, y no creo sino afirmo que no se trata de un planteamiento utópico, que existe, que lo he vivido y aprendido en ÁREA ABOGADOS. He tenido la gran suerte de poder realizar prácticas profesionales con esta firma jurídica y hay dos aspectos que me gustaría destacar porque reflejan esa ilusión y esa fuerza que los diferencia del resto y que desde mi punto de vista es un verdadero ejemplo de comportamiento empresarial.

  • En primer lugar, su dinamismo y cercanía con las nuevas tecnologías. Trasladan el Derecho al ciudadano. Ponen su profesionalidad a disposición de sus clientes y de las personas a través de herramientas tecnológicas novedosas y de internet. ÁREA apuesta de un modo tenaz por la formación de sus profesionales, de sus clientes y del propio ciudadano. Las leyes y la justicia han de servir a la persona, y utilizar las Tecnologías de la Información para acercar a la sociedad su trabajo como letrados significa, además de prestar el mejor servicio al cliente, no olvidar esta otra dimensión que radica en ayudar, aportar conocimiento y contagiar su ilusión y vocación a las personas que estudian Derecho, que se dedican a ello o incluso a otras personas que son ajenas a este campo, pero que, por su condición de ciudadanos, deben ser informados del entorno que les rodea, cuyo sustrato es casi siempre jurídico.

  • En segundo lugar, su condición de empresa socialmente responsable. Adoptar un rol activo en la sociedad es una de las características más relevantes de la cultura de este despacho, se comprometen. El novedoso concepto “Responsabilidad Social Corporativa” es una seña de identidad de esta firma. No se trata únicamente de experimentados profesionales, sino de personas que cultivan a personas, valoran el capital humano y sitúan entre sus principales prioridades la ética empresarial.

Pues bien, si tenemos ejemplos de ilusión, de superación, de vocación y de espíritu de sacrificio en empresas como ÁREA, ¿por qué no afrontar con optimismo los obstáculos?, ¿por qué no reconstruir el viejo concepto de “bien común” y adaptarlo a nuestra sociedad, al individuo moderno?

Esta nueva visión debe calar mucho más hondo en los jóvenes. Somos nosotros quienes tenemos que desarrollar el ingenio, innovar y luchar de manera conjunta por valores como la educación, el respeto y la profesionalidad ética en las empresas. Hay entidades que merecen la pena y yo he podido aprender en ÁREA que la ilusión, la vocación y el esfuerzo CONJUNTOS facilitan el desarrollo del propio individuo y de los que le rodean.

Me encuentro al final de mis estudios y así procuraré afrontar mi futuro personal y profesional, porque ÁREA es un modelo a seguir y estoy firmemente convencida de que en los malos tiempos que corren se trata de una empresa con fuerza que llegará donde se proponga, de una forma honesta y responsable, respondiendo a los tres principios rectores del Derecho que hace siglos promulgó Ulpiano: “honeste vivere” (vivir honestamente), “alterum non laedere” (no hacer daño a los demás) y “suum cuique tribuere” (otorgar a cada uno lo suyo).


Soledad de la Peña González

Estudiante de Derecho y Administración de Empresas en ICADE, Madrid

re VISTA de Cine: FISCAL DE CINE

 Bajo el título re VISTA de CINE se inicia una serie de artículos que tendrá como asunto central el cine y el Derecho, que es tanto como decir cualquier asunto, pues pocos les son ajenos. En ocasiones aprovecharemos la publicación de una noticia jurídica para hablar cine. A veces, el estreno de una película nos servirá de excusa para opinar sobre Derecho. Algunos estarán escritos desde el Derecho y otros desde el cine.

 Pues bien, si vamos a hablar de cine, no estaría mal empezar preguntándonos ¿Qué es el Cine? Podríamos decir sin miedo a equivocarnos que es un medio de expresión, al principio sólo visual, después audiovisual. En determinados países (no, por desgracia, en España) una Industria. Para algunos es simplemente un oficio (un oficio del siglo xx, dijo Cabrera Infante); para otros, nada menos que el séptimo arte.

 Definiciones aparte, el cine, o si se prefiere, las películas son ventanas que han permitido a miles de personas en todas partes del planeta asomarse a otros países, a otros mundos y hasta otras galaxias. Sin moverse de la butaca de una sala oscura y en el mimo día el espectador ha podido descender a las profundidades marinas a bordo del Nautilus, o viajar a las estrellas en el Enterprise.

 Pero tiene el cine otra característica, yo diría casi mágica, que es la de permitir que nos introduzcamos en otras mentes, no sólo en el sentido de identificarnos con los personajes, de manera que un día podamos ser detectives privados y otros intrépidos aventureros, sino en el de ver la vida como la ve otra persona. Durante el tiempo que dura la película, el espectador está viviendo esas vidas . Por eso de todas las artes, el cine es la que produce mayor empatía. Las películas de Kapra nos convierten en mejores personas. No diré en qué nos convierten las de Tarantino, porque eso, como diría el barman de Irma la dulce,es otra historia”.

 Después de esta licencia introductoria al estilo Hitchcock, toca hoy hablar del asunto que da título a este primer artículo. Pocos asuntos serían tan apropiados para empezar esta sección como la reciente elección de Eduardo Torres-Dulce como Fiscal General del Estado.

 Y ello porque a su condición de Jurista (actualmente era fiscal del Tribunal Supremo) une su conocida afición por el cine.

 Como fiscal goza de gran consideración y respeto entre sus compañeros de la carrera judicial y del mundo jurídico en general. Es decir, que no sólo cumple con el requisito legal (formal) de ser un jurista español de reconocido prestigio con más de quince años de ejercicio, sino que ha acreditado méritos sobrados para ocupar dicho puesto.

 En su faceta cinematográfica/cinéfila ha participado en numerosas tertulias, tanto en televisión (recordemos el espléndido programa ¡Qué grande es el cine!, dirigido por José Luis Garci) como en radio (últimamente en el programa nocturno Cowboys de medianoche. Colaborador en distintas revistas escribiendo sobre cine y hasta hoy era crítico del diario Expansión.

Es autor de diversos libros de cine, entre los que destacan “Armas, Mujeres y Relojes Suizos, y el recienteJinetes en el Cielo. Este último sobre el Western o las películas del Oeste, uno de sus géneros cinematográficos favoritos.

 ¡Enhorabuena!, pues, a D. Eduardo, ánimo para llevar a cabo su labor y esperemos que, no le pase como a Gary Cooper en “Solo ante el Peligro, y tenga los apoyos necesarios para desempeñar su puesto y contribuir a elevar el prestigio y consideración de la Fiscalía General del Estado y de la Administración de Justicia, que tanta falta hacen.

 Fernando Alfaro Ramos

Socio Abogado de la Firma ÁREA, ABOGADOS Y ASESORES